Usted pasea por la calle escuchando el adagio en los auriculares. Hace mucho frío y camina envuelto en una bufanda y mirando hacia el suelo. En el clímax del adagio usted es atropellado, da un par de vueltas en el aire y cae sin vida sobre el asfalto. Aun así, el adagio sigue sonando a un volumen insano en los auriculares. Por sus oídos corre la sangre y palpita la belleza. Y es que usted ha muerto, pero el adagio sigue sonando… y nadie lo sospecha.