Imagínate que llegas a la aduana de un país.
Y como en todas las aduanas hay policías y gente de uniforme con muy malas pulgas.
Tú sabes que no has hecho nada malo y que en la mochila no llevas mandanga.
Pero es inevitable no ponerse nervioso con este panorama…
Estoy en Moldavia, en la frontera con la misteriosa Transnistria.
Y aquí todo funciona de manera diferente.
Si miras un mapa no encontrarás esta frontera ya que en teoría no existe…
Pero te garantizo que allí está.
Tan ridícula como imponente.
Transnistria es una región que se independizó de Moldavia hace años.
Y allí nadie entra ni sale sin su consentimiento.
Apenas está reconocida por ningún Estado, pero allí está.
Con su propia moneda, sus sellos, sus matrículas…
Y sus tanques recibiéndote a modo de advertencia.
Por supuesto, no están colocados de cualquier manera, sino que apuntan a Moldavia.
Al vecino… Al enemigo.
Transnistria se independizó en los años noventa después de una cruenta guerra.
Contó con la financiación de lo que quedaba de la URSS y de la naciente Rusia…
Y, por supuesto, esto tuvo consecuencias.
Hoy por hoy está en manos de cuatro exKGB que se reparten el pastel.
Y entrar en ella es viajar en el tiempo.
Así que volvamos al principio…
Aquí estoy yo.
Con las manos sudorosas e intentando pasar desapercibido en la cola.
Al final de ella, en el mostrador y tras un cristal, me espera un agente transnistrio.
Y me guste o no, es el que manda.
El que parte el bacalao.
El que dice «Tú sí, Tú no».
Y llega mi momento.
Ese que siempre es igual, pero que nunca deja de imponer.
El señor agente agarra mi pasaporte y me mira.
Mira al pasaporte y me mira otra vez.
Mira al pasaporte y me vuelve a mirar…
Y así hasta que por fin masculla algo y teclea en una maquinita.
¿Y qué me da?
Un tique de papel.
Un tique como el de cualquier supermercado.
Un vulgar y miserable tique en el que se me indica —ojo cuidao— la hora en la que tengo que abandonar el país.
Así sin más.
Leo el tique.
Trago saliva y me marcho.
Me subo al autobús y desde él observo la garita de la aduana.
Y allí siguen ellos; soldados y policías.
Con sus gorras grandes y anacrónicas.
Y su cara de muy pocos amigos.
Releo el tique.
Y pienso en lo absurdo de la situación:
– Una aduana que no existe.
– En una frontera que no existe.
– Y con un país que tampoco existe.
Vuelvo a leer el tique y pienso:
– Pero con armas de verdad.
– Con militares que saben utilizarlas.
– Y con la certeza de haberlo hecho ya antes.
Y yo aquí.
Con mis pintas 100% eslavas.
Acojonado.
Y con un tique del Pryca en el que se me indica muy claramente que a las 6:00 PM me convierto en calabaza.
En fin.
El autobús arranca.
Y me adentro en el país fantasma.
En otra época y en otros valores.
Y puedo ver las cenizas del gigante soviético.
Sus amplias calles y sus embajadas imposibles.
Sus comercios, árboles y monumentos.
En definitiva, puedo ver un pasado borroso.
Y un futuro que —según me aseguraron allí— simplemente no existe.
Por suerte, a las 6:00 PM tengo cita con la realidad.