Se llama Островок y siempre me hace dudar.
Es un boletín al que estoy suscrito desde 2019 (año en el que estuve en Rusia) y que aún me gusta recibir.
Se trata de un portal para hacer reservas online en hoteles de todo tipo (como Booking en el mundo occidental) y que ofrece «planes y escapadas».
Yo nunca lo he utilizado, pero me gusta ojearlo de vez en cuando. Me gusta que venga escrito en cirílico y que me recuerde aquel viaje por Rusia.
Pero como te digo… también me da mucho que pensar.
Se llama Островок (que irónicamente significa Isla) y me produce una sensación extraña leer cómo ofrece planes vacacionales (y bonitos atardeceres) en un país en guerra.
Resulta curioso ver cómo —a pesar de tanto horror y tanta destrucción— la vida se abre paso… o quizá lo que se abra paso sean las ganas de olvidar.
Leo las ofertas de Островок y me resultan entrañables, a veces obscenas, y siempre contradictorias. No debe de ser fácil broncearse en el Mar Negro cuando a poca distancia se están matando a tiros.
Esta semana me invitan a hospedarme en el Hotel Jamaica de Novorosíisk. Lo he localizado en el mapa y para mi sorpresa está en la playa, a unos 420 km de las devastadas calles de Mariúpol.
Y esto me deja estupefacto.
Sin comentarios.
O mejor dicho, sin saber qué decir.
Pero que quede claro que esto no es una crítica a Островок.
Ni mucho menos a las personas de la Madre Rusia que se van de vacaciones.
Es tan solo una reflexión… Es simplemente pensar en voz alta esto que tanto me cuesta comprender.
No sé si tumbarse al sol en plena guerra es una frivolidad.
O un ejemplo más de la admirable resistencia del ser humano.
No sé si es el deseo de sonreír ante la desgracia.
O una total falta de empatía.
De verdad que no lo sé…
Y esto que te cuento es extrapolable a cualquier rincón del planeta.
A ti.
A mí.
A cualquier bomba.
Y a cualquier tumbona.
Se llama Островок y en ruso significa Isla.