Lo llamábamos El Carakiko.
Y me imagino que ya no está en este mundo.
La pobreza, el alcohol y los disgustos se lo habrán llevado.
No pondría la mano en el fuego, pero estoy casi convencido.
Lo llamábamos El Carakiko por las protuberancias de su nariz.
Una nariz enorme y colorada, regada con vino Don Simón.
Estas protuberancias le marcaban el rostro y eran tan grandes como granos de maíz…
Como kikos de bolsa.
Alguien se dio cuenta de este detalle y tuvo la genial idea de llamarlo así:
Carakiko.
No éramos conscientes de lo que hacíamos.
Y al salir del colegio o en el mismo recreo, corríamos detrás de él para molestarlo.
Gritando, azuzando…
Dando por saco.
Reconozco que yo siempre me quedaba atrás.
Por cobardía y por lástima.
Pero allí estaba yo… Cómplice en la retaguardia.
Observaba su enorme nariz.
Y sus ojos oscuros y pequeños.
Su ropa vieja y sucia, y siempre pequeña.
Y es que, quieto o en movimiento, sus tobillos y sus muñecas siempre estaban a la vista.
Yo observaba y callaba…
Y no le quitaba el ojo a su piel morena y a la boina con la que siempre se cubría.
Los movimientos torpes y la boca que farfullaba sin sentido.
Y, por supuesto, lo que más lo caracterizaba:
Su inseparable muleta.
Una muleta que apenas necesitaba, pero que agarraba con decisión.
Una muleta que agitaba con todas sus fuerzas…
Y con la que intentaba atizarnos.
¿O debería decir que intentaba defenderse?
Y es que éramos unos desalmados.
Piensa en la escena:
Una turba de niños rodeándolo, molestándolo… Riéndose.
Y él, sacudiendo la muleta en todas direcciones.
Intentando que lo dejen en paz y que no se le derrame el cartón de vino.
Pobre hombre.
Pienso en él y me siento culpable.
—tan culpable como cobarde—
Con el deseo de darle una buena paliza a esos niños que lo molestaban.
Y entre los que yo me encontraba.
Parece una escena sacada de Los santos inocentes… o de La cinta blanca.
Pero no.
Sucedió no hace mucho.
Cuando los niños podían salir a la calle en el recreo.
Y los borrachos andaban cerca.
Cuando nos revolcábamos en la maldad infantil.
Y lo confundíamos todo.
Lo siento de veras por El Carakiko.
Estoy casi convencido de que ya se ha marchado.
Con su muleta y su cartón de vino.
Y espero que allá donde esté
—por fin—
lo hayan dejado en paz.