Subió las escaleras a toda velocidad, alarmada por los gritos y los golpes. Aporreó la puerta hasta derribarla y entró en la habitación. Sin embargo, su ímpetu inicial desapareció ante la terrible escena. Su hijo se retorcía en el suelo en postura imposible, con ojos en blanco y escupiendo baba y gruñidos. Aterrada, no vio entre los muebles destrozados una vieja ouija de madera.