Él se ha marchado.
Y ya no volverá.
Se ha ido sin avisar, dejando un hueco enorme.
—un insospechado hueco enorme—
No éramos amigos del alma
(yo no conocía sus más profundos sentimientos,
ni sus miedos más ocultos…
aunque sí que podía intuir sus pasiones).
No éramos amigos del alma; tan solo colegas.
Colegas…
Nada más ni nada menos.
Recuerdo la última vez que lo vi hará un par de semanas.
Yo cerraba la puerta del local y él se quedaba absorto mirando su nuevo micrófono.
Nos lo acababa de enseñar y ahora me recordaba a un niño que estudiara un juguete recién abierto.
Por supuesto, antes de despedirnos él ya nos lo había ofrecido para usarlo cuando quisiéramos.
Él era así.
Un animal maravilloso.
Rebosante de energía y generosidad.
Y ahora ya no está.
Tan solo queda su recuerdo —que no es poco— y ese enorme hueco que te comentaba.
Y no me quito de la cabeza ese momento en el que yo cerraba la puerta y él se quedaba dentro.
Pensando en sus cosas…
Jugueteando con su micro.
Me gustaría dar marcha atrás y darle un último abrazo.
No cambiar el destino —eso no se puede—, pero sí darle un último abrazo.
Y mirarlo a los ojos y darle las gracias.
Pero él se ha marchado.
Y me recuerda una vez más que estamos aquí de paso.
Y que cada día puede ser el último.
Y que no podemos desperdiciar ni un maldito segundo.
Esta idea ya la tenía asumida… que cualquier momento puede ser el de mi despedida.
Pero ahora soy consciente de que no es tan sencillo.
Que no depende tan solo de mí.
Sino de todas las personas que me rodean.
Y ahora piensa en ti…
Y en tu gente.
Cualquier momento puede ser el último de cualquier persona que forme parte de tu vida.
De cualquier persona que quieras o que aprecies.
No es tan sencillo… ¿verdad?
Ya no depende simplemente de mantenerte con vida.
Sino de asumir que las despedidas están a la vuelta de la esquina.
La tuya y la de quienquiera que tengas en mente.
Así que…
¿Para qué enfadarte?
¿Para qué perder el tiempo?
¿Para qué callar eso que quieres decir?
¿Para qué arriesgarte a quedarte con TODO en la punta de la lengua?
Puede que no tengas otra oportunidad.
Puede que hoy sea el último día.
Puede que hoy toque despedida.
Y no te confundas.
Este no es un mensaje pesimista…
Ni mucho menos.
Es el pataleo de un pobre mamífero.
Es pura energía —como era él—.
Es la muerte como el motor de la vida.