Hace poco jugué un partido de fútbol.
Y todavía me duele.
Por dentro y por fuera.
A la izquierda y la derecha.
Y no es que fuera un partido especialmente duro.
Ni largo.
Tampoco exigente.
Simplemente fue el primer partido que jugaba en años.
Y vaya si lo noté.
Los dolores nada más terminar se mezclaron con la falta de aliento.
Y las agujetas del día siguiente eran dignas de Torquemada.
Sentí pinchazos en músculos de nombre desconocido.
Calambres, en otros más familiares.
Y me pasé una semana entera andando como Robocop.
Y a pesar de todo… no me arrepentí lo más mínimo.
Me lo había pasado en grande y quería más.
Habíamos brindado por los goles marcados (pocos).
Y también por los recibidos (muchos).
Y en la exaltación del momento incluso aseguramos que al próximo partido —a saber cuándo— llegaríamos en plena forma.
Mientras alzaba el vaso yo me sonreía y pensaba en la dichosa forma.
—y en el dichoso fondo—
Y es que lo que ganas en un mes de dieta y gimnasio, lo pierdes en unos pocos días de sofá.
O aun peor, en una mala tarde de cañas y tapas.
Pero no nos distraigamos…
Y volvamos a la forma.
A la dichosa forma… y a las dichosas agujetas.
Al día siguiente del partido, mientras me duchaba sin apenas poder moverme, llegué a varias conclusiones.
Y es que aquí se habla muy a la ligera del paso del tiempo.
De las fatigas.
Y la pérdida de juventud.
De cómo lo que antes hacías sin despeinarte, ahora te cuesta un mundo.
—y a veces dos—
Y todo esto es cierto.
Quién puede negarlo…
Pero también hay mucha trampa.
Y es que el tiempo no hace prisioneros.
Pero la pereza y la desidia, tampoco.
El otro día eché los higadillos no solo por mis 45 añitos recién cumplidos.
Sino que también tuvieron mucho que ver los meses y meses y más meses sin dar una patada a un balón.
Y así con todo.
Por supuesto, cada día que pasa nos envejece un poquito más.
Y cada hora.
Y cada minuto…
Y cada tic tac que llega desde el reloj de pared.
Aquí no hay piedad ni tampoco solución.
Pero sí que podemos revelarnos contra la desidia.
Porque esa la decidimos y la toleramos en primera persona.
Y no hablo únicamente de algo tan trivial como es mover el bullarengue.
Sino de todo lo que hacemos en nuestra vida, desde lo más tonto a lo más vital:
Si insistes en quemar el móvil y no pensar, terminarás idiota.
Si te dedicas a ver series y no pisar la calle, acabarás oxidándote.
Si te acostumbras a tragar y no hacerte valer, rematarás la faena.
Y así con todo.
Desde lo más simple a lo más complejo.
Y es que el tiempo corre.
Y no perdona.
Y más vale reaccionar ahora que estamos a tiempo.
Porque luego…
Luego no es tan fácil.
20 kilos no se pierden en un día.
Ni las neuronas se reactivan en dos.
El corazón no se endereza en una semana.
Ni mucho menos, la vida.
Las agujetas son estupendas.
Porque nos alertan de que nos hemos abandonado.
Las de las piernas son las más habituales.
Pero no las más importantes.
Hay otras que pueden quedar en el olvido hasta el final.
Y esas sí que dan pena.
Porque es posible que solo empiecen a pinchar cuando ya no haya solución.
Cuando ya estemos en el túnel de luz y estemos viendo la peli de nuestra vida.
Así que ya lo sabes:
No esperes.
Actúa.
Haz que te duela.
Y disfruta.