Aterrorizada, bajó violentamente la pantalla del portátil y la habitación quedó en completa oscuridad. Por unos segundos tan solo se pudo escuchar su respiración entrecortada y su mano en busca del flexo. Por fin dio con él, lo encendió y alumbró su rostro desencajado.
Su cuello giró a izquierda y derecha, y los ojos lo siguieron sin entender qué estaban buscando. Lo cierto es que ella tampoco; tan solo era un acto reflejo en busca de tiempo y espacio.
Había visto esas fotografías. Estaban ahí, en el ordenador de su marido.
Y ya no había marcha atrás.
Pasaron los minutos y al fin reaccionó. Miró a derecha e izquierda, apagó el flexo y levantó la pantalla del portátil. Y ahí seguían. Tal y como las había dejado. Esas fotografías terribles que ya nunca olvidaría. Esas fotografías que habían dado un vuelco a su vida.
Temblorosa, cogió el teléfono y marcó los tres dígitos que pondrían fin a todo.