Jeremías, el cómico fracasado, rodaba por las escaleras. Y con cada golpe que se daba, un nuevo chiste inventaba. «¡Joder!», gritaba. «¡Joder!», pensaba. Y cuanto más fuerte era el golpe, mejor era el chiste. Y cuantos más golpes se daba, más chistes inventaba.
Rodaba y rodaba, y con cada golpe que recibía, más gritaba.
Y más lloraba.
Y más reía.
Jeremías, el cómico fracasado, rodaba por las escaleras. ¡Joder!», gritaba. «¡Joder!», pensaba. Y por fin, al recibir el golpe fatídico en la nuca, llegó a la conclusión:
«Joder, debería haberme suicidado antes».