La cochera de mis padres está maldita.
O al menos eso creo.
Quizá «maldita» no sea la palabra exacta… pero sí que hay algo extraño allí.
Desde pequeño he tenido pesadillas con la dichosa cochera.
Y a día de hoy sigo teniéndolas.
Y sospecho que no soy el único de la familia.
La cochera no tiene nada de especial.
Es el típico garaje de un bloque de pisos; repleto de coches y columnas.
Tiene una gran rampa de entrada.
Y tubos fluorescentes de otra época.
Siempre huele a gasolina y siempre está a oscuras.
Desde luego, no es agradable, pero tiene un influjo sobre mí que no consigo entender.
En las pesadillas que te cuento mi único deseo es escapar de allí.
Como sea.
Lo antes posible…
Y a cualquier precio.
Subir por la ansiada rampa y salir al exterior.
Pero creo que nunca lo he logrado.
La cochera siempre está allí…
Y conmigo dentro.
Como un laberinto sin pasillos.
O una conciencia propia.
Sea como sea —y ocurra lo que ocurra— siempre me viene a la cabeza la misma palabra:
«Desasosiego».
A veces tengo que esconderme.
O encontrar algo con desesperación.
A veces me arrastro entre los coches.
O palpo suelo y pared en busca de la luz.
Hay ocasiones en que intuyo siluetas…
Y otras, en las que la soledad es aplastante.
Sea como sea, la cochera es siempre lo mismo:
Es miedo, silencio y oscuridad.
Y tal vez, un quiero y no puedo de mi subconsciente hecho bicarbonato.
La verdad es que no sé qué le pasa a la cochera de mis padres…
Y tampoco qué me pasa a mí.
Se me ocurren muchas opciones.
Y todas podrían ser.
A veces pienso que es lo peor de mi infancia…
Eso que quiero olvidar.
Y que se resiste a hacerlo.
Es lo que hay bajo tierra y sobre lo que se levanta todo lo demás.
Pero yo no me rindo…
—Cabezón que es uno—
Y sé que algún día treparé la magnífica rampa.
Y sé que se acabarán las pesadillas.
¿Por qué?
Porque ya es hora de subir al sol de la azotea.