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La última vez que hice ouija

Es un clásico.

Y muy poco original.

Pero tengo que reconocerlo:

«Yo también hice ouija en mi adolescencia».

Y también la dejé después de una experiencia chunga.

 

Nos había dado por ahí.

Los veranos eran largos y calurosos.

Y no teníamos mejor plan que meternos en casas vacías y contactar con el Más Allá.

La verdad es que visto con perspectiva, el plan era perfecto:

Fácil.

Gratis.

Y extremadamente divertido.

 

Mirábamos a un lado y a otro.

Saltábamos la valla.

Y nos deslizábamos hasta la casa.

Nos introducíamos en ella con mejores o peores artes.

Y nos sentábamos en círculo en algún rincón tranquilo.

 

Alguien sacaba una hoja de papel y la tuneaba:

A – B – C – D…

1 – 2 – 3 – 4…

SÍ – NO

La troceaba letra por letra…

Y la convertía en la temida ouija.

 

Sin duda, una ouija cutre como pocas.

—a veces a lápiz y a veces a boli Bic—

Pero a nuestro selecto grupo le valía.

Y es que todo aquello nos fascinaba…

Y aunque nadie quisiera reconocerlo, también nos ponía los pelos de punta.

 

Apoyábamos el dedo índice sobre una piedrecita o un tapón.

Y aquello empezaba a moverse.

A veces parecía que lo hacía solo.

Y en otras, la cara de cachondeo delataba al responsable.

Pero no importaba…

Resultaba igualmente divertido.

 

Preguntábamos y el espíritu en cuestión nos contestaba.

Unas veces sobre el pasado.

Y otras, incluso sobre el futuro.

Lo poníamos a prueba con datos que nadie podía saber.

O incluso tratábamos de tomarle el pelo.

 

Y la piedrecita se movía y se movía.

Y nos reíamos con ella.

Y las celebrities desfilaban una tras otra.

Napoleón y Hitler.

Jesucristo y Einstein…

E incluso en una ocasión, el Cid Campeador.

 

Hasta que llegó ese día.

 

O mejor dicho, esa noche.

 

La noche en que hice ouija por última vez.

 

En aquella ocasión éramos solo tres.

Y los tres estábamos aburridos como ostras.

Y no se nos ocurrió nada mejor que darle al espiritismo.

Y es que, queramos o no, estábamos enganchados.

Además, no era una casa cualquiera, sino la de uno de nosotros.

Así que lo teníamos fácil.

 

Preparamos los papelitos y los colocamos sobre la mesa.

Y en medio de ella, un vaso de cristal.

Pusimos nuestros índices sobre él.

—tan solo apoyados… sin apenas hacer presión—

Y comenzamos el ritual.

 

De repente aquello empezó a moverse.

Pero no como en anteriores sesiones.

Ni mucho menos.

El vaso se deslizaba con una precisión y una velocidad que no habíamos visto hasta entonces.

Esta vez no había risitas ni vaciles.

Esta vez nadie trataba de ocultar su canguelo.

 

Pregunta – Respuesta.

Pregunta – Respuesta.

Y el vaso arriba y abajo sin apenas contactar los dedos.

Ziiiiis – Zaaaaas

Ziiiiis – Zaaaaas…

 

Arriba y abajo.

Hasta que alguien preguntó lo que no debía.

Y el vaso se detuvo de inmediato.

Un frenazo perfecto.

Un frenazo imposible de ejecutar con la punta del dedo.

 

Nos miramos unos a otros con cara de asombro.

Sin saber qué hacer.

Pero el vaso ya había decidido por nosotros.

Y empezó a deslizarse en círculos.

 

Poquito a poco.

Poquito a poco…

Zas

Zaas

Zaaas…

 

Círculos y más círculos.

Cada vez más amplios.

Y a una velocidad inaudita.

Imposible de controlar.

Imposible de fingir.

 

Y sin más ni más…

¡Crash!

El vaso salió volando de la mesa y se estampó contra el suelo.

 

Silencio.

 

Estupor.

 

Pánico en los ojos.

 

Nos quedamos mirando los cristales rotos sin apenas respirar.

Nadie hablaba.

Ni tampoco se movía.

 

Por fin alguien fue capaz de reaccionar.

Agarró una escoba y los barrió.

Pero no los tiró a la basura, sino que los llevó directamente al contenedor.

Por precaución… Porque ya habíamos visto muchas películas.

Al cabo de unos minutos salimos en silencio de la habitación.

Y huimos a la calle.

Al aire fresco.

 

Fue tal como te lo cuento.

Y a día de hoy sigo sin saber qué demonios ocurrió.

Creo de veras que es imposible que tres dedos apoyados en un vaso puedan moverlo así.

—con esa velocidad y con esa precisión—

Y también recuerdo los rostros estupefactos de los allí presentes.

No… Aquello no había sido una broma.

 

Como te digo, no sé lo que pasó.

De vez en cuando me acuerdo de aquella noche y le doy vueltas al asunto.

Pero no saco nada en claro.

 

Lo único que sé es que aquella fue la última vez…

Y que ya nunca más me tropecé con la maldita ouija.

SÍ – NO – ADIÓS

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La última vez que hice ouija - PORTA COELI ZOMBI - Blog PCZ Nº 15