Me enteré ayer.
Y aún estoy en shock.
He estado toda la vida engañado.
En Babia.
En la parra…
A por uvas y empanado.
Y es que resulta que…
—redoble de tambores—
Los pecados capitales no eran siete.
¡NO!
Eran ocho…
¡8!
Y yo, sin saberlo.
Después de un bautizo y una comunión.
De tres años en un colegio de monjas.
De otros doce, con los curas.
Y de un sinfín de misas, confesiones y salmodias.
Resulta que desconocía lo más básico:
Los pecados capitales.
Así como lo oyes.
¡Eran ocho!
¿Y sabes cuál era el octavo pecado en cuestión?
—otra vez redoble de tambores—:
La tristeza.
LA-TRIS-TE-ZA
Nada más ni nada menos.
¿Que tienes un mal día y vas llorando por las esquinas?
Pecado.
¿Que te puede la impotencia y se te escapa un sollozo?
Pecado.
¿Que ya no puedes más y tienes el pañuelo empapado?
Otro pecado.
Ya te digo:
Era la tristeza.
Y yo, sin saberlo.
Al parecer fue el papa Gregorio Magno en el año 570 el que le metió un tajo a la pecaminosa lista.
En un momento de lucidez (?) llegó a la conclusión de que la pereza y la tristeza tenían mucho en común, así que optó por hacer recortes.
La verdad es que el siete siempre ha sido un número muy vistoso.
Incluso mágico…
Así que la cosa no está tan mal.
Lo que realmente me cabrea es el haberme enterado así.
Y comprobar una vez más que esto de los pecados es poco serio.
Poco profesional, vamos.
Y que donde dije digo, digo Diego.
¿Y por qué me molesta esto?
Pues porque a mí me gusta mucho vivir.
Así, sin más.
Con esta sencillez de mamífero torpe que tanto me caracteriza.
Y si vivo pecando, pues mejor que mejor.
No lo puedo negar.
Leo la lista de los pecados capitales y me gustan todos (o casi todos):
La lujuria, la gula, el cabrearme de vez en cuando, el dejarme llevar por la pereza…
Todos tienen un algo que me recuerda que soy un animalico (1).
Maravillosamente imperfecto.
Y perfectamente humano.
Y ahora, pues también me gusta la tristeza…
Solo por molestar.
Y llevar la contraria.
Solo por bailar la conga —una vez más— sobre el concepto de pecado.
Y me fastidia no haberlo sabido desde el principio.
Y ser consciente de que he desaprovechado demasiadas penas y demasiados kleenex sin saber que estaba pecando…
Una pena, vamos.
Pero no te confundas.
Todo esto que te digo no es gratuito.
No es un panfleto anticatólico ni nada de eso.
Simplemente es mi venganza por el bautizo y por la comunión, por los tres años con las monjas y por los doce, con los curas… y por un largo y apolillado etcétera que todavía me quita el sueño.
Pero sea como sea…
¡Alabado sea dios!
(1) – Esto no es una errata: -ico e -ica son los diminutivos granadinos por excelencia… Para que conste.