Maximiliano, el oso de vapor azul, apareció junto a él y le susurró al oído «Tranquilo, todo va a ir bien». Jacinto escuchó esa voz después de tantos años en silencio y entreabrió los ojos. Tan solo encontró su brazo desfallecido, la vía de suero y el cuerpo enjuto bajo las sábanas.
«No te preocupes, estoy aquí contigo». Jacinto volvió a escuchar la voz de su viejo amigo, giró la cabeza y lo encontró junto a él. Maximiliano, el oso de vapor azul, seguía tal y como recordaba: con su cuerpo grande y esponjoso, las orejas respingonas y esos ojos brillantes y plenos de luz que tan bien lo conocían.
Maximiliano, el oso de vapor azul, le acarició la frente, acercó su hocico al oído y volvió a susurrar «Así todo está bien, es hora de descansar». Jacinto comprendió que tenía razón y se lo agradeció con un movimiento de párpados. Por fin acomodó la cabeza en la almohada, cogió la suave zarpa de su compañero y, sonriente y en paz, cerró los ojos para siempre.