Es así.
Y sé que no es muy normal.
Pero es la pura verdad.
De hecho, me pregunto si habrá algún síndrome que responda a esta rareza:
«Me da vergüenza morirme».
Así de absurdo y así de tonto.
No me da especial miedo.
Ni tampoco, demasiada pena.
Lo que me da es vergüenza.
Del follón que supone morirse.
Con sus trámites, sus condolencias y todas sus molestias.
Llanto para arriba, llanto para abajo…
Y la casa sin barrer.
Tengo clarísimo que algún día vendrá a visitarme la pelona.
Ahí no hay problema.
Ella lo sabe. Yo lo sé…
Y de momento nos llevamos bien.
Pero lo que no quisiera es que me toque demasiado pronto.
Más que nada porque cuanto más joven te mueres, más inesperado resulta.
Y, por tanto, más lío trae.
Y más vergüenza provoca al homenajeado.
Imagínate:
Yo ahí tirado en el tanatorio.
Paliducho y tuneado.
Con los labios apretados y sin poder defenderme.
Expuesto a las miradas y las críticas.
Y la gente venga a cuchichear.
No era mal chaval…
Se hacía querer…
Me debía 20 pavos.
¿Qué quieres que te diga? Todo eso es muy injusto.
Este asunto me da vergüenza.
Y también un poco de rabia.
Pero sobre todo, vergüenza.
Y si la muerte es trágica, ya ni te cuento.
Minuto de silencio.
Portada en el periódico.
Y bandera pirata a media asta.
Solo pensarlo me pone de los nervios.
Pero bueno, al menos no tengo ni idea de cómo ni cuándo me tocará:
¿Mañana como candidato a los Premios Darwin?
¿O dentro de varias décadas en mi cápsula hiperbárica?
De verdad que no lo sé.
Pero lo que sí tengo claro es que no me gustaría pillar a nadie por sorpresa.
No quiero ser la comidilla del barrio.
Ni ser nombrado Muerto del mes.
Tan solo quisiera ser un difunto más… Tranquilito y callado.
De esta forma podría contemplar mis exequias sin que se me suban los colores.
Sin grandes alborotos ni imprevistos.
Cómodamente sentado en mi butaca vip del infierno.
Y con un whisky en la mano.
Creo que así el plan sería ideal.
Me iría con estilo, pero sin grandes excesos.
Agradeciendo unas cuantas lágrimas y algún que otro brindis.
Pero ya está.
Y basta por hoy… Aunque no puedo despedirme sin un último aviso para navegantes:
Más te vale respetar mi voluntad…
(si no te toca a ti antes, claro).
Porque si no, es posible que me cabree y me dé por volver.
Y eso —te lo aseguro— no es recomendable ni para ti ni para mí.
Pero bueno, hasta entonces…
Aquí me tienes para lo que necesites.
¡Faltaría más!