La semana pasada vi The Innocents, una película que se me había escapado en el cine y a la que le tenía bastantes ganas.
Era viernes por la noche y la verdad es que me costó dar el paso.
Víctima de mi síndrome de Peter Pan 2.0, no fue fácil aceptar que estaba hecho polvo y dejarme caer en el sofá.
Y para mayor deshonra, lo hice en pijama y con una sopa de sobre entre las manos.
Ni cerveza ni vino ni vaqueros… En fin, todo muy humillante.
Pero aun así, tengo que reconocer que la velada me salió perfecta.
¿Y por qué?
Pues porque The Innocents es puro terror noruego (ahí lo llevas).
¿Y qué quiere decir esto?
Pues que no hablamos de sangre y sustos porque sí, sino de una sutil combinación de terror atávico y vida doméstica.
Si los noruegos ya dan miedo de por sí, imagínatelos con la sana intención de rascarte el subconsciente…
Sálvese quien pueda.
La cuestión es que no consigo quitarme la película de la cabeza.
Me gustó.
Y mucho.
Y es que me asombra ver cómo se pude hacer tanto con tan poco.
Simplemente sugiriendo… Y dejando que tus traumas, tu miedo y tu condición humana hagan el resto.
Sin duda, The Innocents no es una película gratuita.
Es de esas que dicen mucho más de lo que se podría presumir.
En concreto, nos habla de cómo la maldad puede surgir de la manera más insospechada… Bajo cualquier forma y en cualquier momento y lugar.
Y en este caso, el catalizador de esa maldad no es otro que un grupo de niños de un suburbio de Oslo.
Casi nada.
Y a partir de aquí ya puedes extraer todas las lecturas que quieras:
Pobreza, inmigración, acoso, terrorismo, discapacidad, aislamiento, soledad…
Sin duda, puede resultar pretencioso mezclar estos palabros con una simple película de terror, pero como te digo, aquí hay mucho más de lo que parece.
Habrá quien se aburra como una ostra con The Innocents (por supuesto) y habrá quien se rinda ante ella (por supuesto, también).
Yo soy de los segundos.
Y lo curioso es que no lo supe hasta bien terminada la película.
Cosas que pasan…