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Un taxista ruso me secuestra

En esta vida se dan pocas ocasiones en las que pasas miedo.

—afortunadamente—

Y cuando digo miedo, quiero decir miedo de verdad.

De ese que te aprieta el estómago.

De ese que te hace pensar «a ver cómo termina esto».


A mí me pasó hace ya unos años, en 2.019.

Cuando aún era posible viajar a Rusia.

Estaba recorriendo el maravilloso Transmongoliano y esa noche llegaba a Irkutsk.

El tren se detuvo en la estación y me dirigí a la salida.

Despreocupado, con mi mochila y mi cara de pánfilo.


Antes de continuar he de decir como atenuante que 20 horas de tren te dejan tonto de remate.

Grogui.

Empanado…

Incluso borbónico.

Así que sé benévolo a la hora de juzgarme.


La cuestión es que yo solo cojo taxis en casos de extrema necesidad.

Y ese fue uno de esos.

Estaba agotado y soñaba con una ducha.

El hostal (léase antro con camas) se encontraba a solo 2 kilómetros de la estación, pero mi cerebro y mi cuerpo no daban para más.

Así que opté por la vía más fácil:

Taxi que te crio.


Hasta aquí, bien, pero ahora llega mi gran error.

El de no respetar la regla de oro del viajero medio-listo y tomar un taxi sin preguntar el precio.

Así sin más.

La mochila en el maletero y yo, de copiloto.

Para que veas.


Todo siguió su curso con normalidad.

Pero la normalidad rusa no incluye taxímetros.

Así que cuando llegamos al hostal el amigo conductor me dijo en rublos lo que le debía.

Y lo que le debía equivalía nada menos que a unos 50 euros.

Por un trayecto de 2 kilómetros… En un taxi de mala muerte… En Rusia.

Ni de coña.


El timo estaba servido.

Eso está claro.

Y tú estarás pensando… ¿Y qué te esperabas, panoli?

Tienes razón.

Pero con lo que yo no contaba —y seguro que tú tampoco— es que el timo incluyera un amago de secuestro.


Le dije al taxista que tururú, que yo no tenía ese dinero y me dispuse a salir del coche.

Pero al hacerlo me encontré con las puertas bloqueadas.

Y fue en ese momento cuando comprendí lo listo que yo era…

Y lo mal que pintaba el asunto.


Y es que esta era la situación:

Yo atrapado en un taxi.

Con un desconocido ruso a mi vera.

En plena noche.

Y en medio de un callejón oscuro y solitario…

¡Premio para el caballero!


Aun así, me armé de valor —del poco que tenía— y le dije que de ningún modo llevaba ese dinero.

Que contaba con lo justo para comer.

Que llevaba días viajando y que yo no era ningún ricachón al que tangar…

Y es más, también le dije que sabía que me estaba timando y que eso no era por ahí.


Sin duda, lo que yo le decía le entraba por un oído y le salía por el otro.

No decía ni que sí ni que no.

Ni que esto ni lo otro.

Tan solo me exigía el dinero.

—frialdad soviética en estado puro—

Y me decía que si quería salir del coche no tenía más opción que soltar la panoja.


Yo, tirando de una cabezonería que aún no me explico, también me mostraba inflexible.

Y le decía que no, que no y que no.

Y que me dejara salir.

Pero aquí el amigo taxista se sacó un as de la manga que me dejó fuera de juego:

«Muy bien. Si no quieres pagar iremos a ver a mi jefe».


Por supuesto, su jefe se dibujó de inmediato en mi mente acongojada y pude verlo con nitidez:

Un mostrenco de nombre Dimitri.

Sudoroso y maloliente.

Sentado en una mesa bebiendo vodka y contando dinero.

Con collar de oro y camiseta de tirantes…

Un encanto, vamos.


El taxista vio la duda en mis ojos y volvió al ataque:

«Paga o vamos a ver a mi jefe».

La suerte estaba echada…

Pero con lo que él no contaba —ni yo tampoco— es que soy aún más cabezón que cobarde.

Y no me preguntes cómo, pero esta fue mi reacción…


Miré al frente.

Me recliné hacia atrás en el asiento.

Y le dije:

«Muy bien, vamos a verlo».

Él vaciló sorprendido por un instante, pero se recompuso rápidamente.

Masculló un «de acuerdo» y arrancó el coche.


Y ahí sí que sí que se me pusieron los pelos de punta.

¿A dónde me llevaba?

¿Existía realmente su jefe?

¿Cómo se pagarían mis riñones en el mercado ruso?

¿Era yo un valiente o simplemente idiota?


Pero a pesar de las dudas —y del terror— me mantuve firme.

Y seguí en mi papel impostado de a mí todo me da igual…

Te aseguro que estaba a pique del llanto y la súplica, pero de repente…

De repente sucedió lo improbable.

Lo imprevisto.

El milagro.


El taxista paró el motor.

Se giró hacia mí.

Y me preguntó:

«¿Cuánto dinero tienes?»


Y ahí… Ahí supe que yo había ganado.

Que se había venido abajo su plan.

—si es que había plan—

Y que a fin de cuentas era un pobre diablo.

Como yo.


La pregunta me había sonado a trompetas celestiales.

Y me había dado confianza.

Le dije que llevaba encima tantos rublos (unos 20 euros) y sin mayor resistencia me respondió que de acuerdo.

Por supuesto, el timo seguía en pie, pero en una cuantía menos humillante.

Él se llevaba mi dinero.

Y yo, el sabor de la victoria…


Le di el billete y desbloqueó las puertas.

Salimos del coche y me devolvió mi preciosa mochila.

Y cuando ya me marchaba tragando saliva y respirando con alivio…

Me tendió la mano.


Yo, que aún estaba alucinado, la miré como el que mira una babosa y no le devolví el gesto.

Es cierto… Me había venido arriba y no medía bien mis palabras.

Así que me despedí con un heroico y estúpido «eres una vergüenza para tu país».


Él se encogió de hombros resignado.

Sonrió y se dio media vuelta mientras yo me preguntaba cómo podía ser tan lerdo.

Pero ahí acabó todo…


El taxi se marchó y yo entré en el hostal.

Y reconozco que a día de hoy arrastro un extraño síndrome de Estocolmo.

Creo que el taxista y yo podíamos haber hecho buenas migas…

Echar unas cervezas y brindar por la vida.

Por la suya y por la mía.


Porque al fin y al cabo él no era quien me estaba robando.

Era la desesperación.

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Un taxista ruso me secuestra - PORTA COELI ZOMBI - Blog PCZ Nº 6