Los Premios Darwin se conceden de manera póstuma a aquellas personas que se han ido al otro barrio de la forma más ridícula posible.
Y no es coña… Son casos reales que demuestran que el género humano nunca dejará de sorprendernos.
La lista de proezas es larga y espléndida:
Hacer malabares con granadas de mano, alumbrar el depósito de gasolina con un mechero, saltar de un avión sin ponerse el paracaídas…
Como puedes comprobar, en estos premios la genialidad y la estupidez se dan la mano.
Pues bien… Yo estuve a punto de ser un Premio Darwin.
Y no lo digo en broma.
Es cierto que no fue culpa mía del todo.
Y que más que estúpido, fui inconsciente.
Pero bueno, reconoce que el titular es glorioso:
«Joven prometedor muere duchándose en el desierto»
Fue así.
Lo prometo.
En el Desierto del Gobi, en Mongolia.
Llevaba varios días por aquellas tierras maravillosas y el cuerpo pedía algo de higiene. La furgoneta soviética en la que viajábamos olía a gimnasio de barrio y yo, al rey de las fiestas de dicho barrio.
El caso es que llegamos a un poblacho en el que había una caseta de duchas públicas —sí, aunque no te lo creas, en el Gobi hay duchas—. Así que corrimos hasta allí, pagamos lo convenido y nos desnudamos.
Yo me metí en la ducha alegre y contento, abrí el agua y comencé a enjabonarme.
(canturreando, inocente, sin preocupaciones)
Pero, ay…
Cuando agarré la alcachofa, un millón de voltios me atravesaron el cuerpo.
O al menos así lo sentí yo.
Un maldito relámpago me recorrió el cuerpo desde la mano hasta los pies.
Desde la epidermis hasta el corazón.
Y nunca, nunca, nunca… he sentido tanto dolor.
No recomiendo a nadie morir electrocutado.
Ni siquiera electrocutarse.
No es bonito ni agradable.
Y mucho menos, en pleno desierto.
¿Por qué?
Porque tienes muchas papeletas de convertirte en el próximo Premio Darwin.
Reconozco que una vez que me recompuse —con los ojos aterrados y el pelo erizado— me tuve que reír… Pensaba en lo ridículo de la situación y en el titular del periódico.
Terminé de ducharme como buenamente pude, me vestí y salí.
Y cuando le expliqué a la muchacha de la taquilla lo que me había ocurrido, ella se limitó a sonreír y encogerse de hombros. Yo lo interpreté como un «Esto es lo que hay, chaval… estás en el maldito Gobi», así que yo también sonreí, me encogí de hombros y me marché.
Puede parecer una tontería, pero desde ese día soy más consciente de que la muerte está siempre al acecho, agazapada y vestida de múltiples maneras.
Unas evidentes y otras imprevistas.
Unas épicas y otras ridículas.
Pero sea como sea, no puedes escoger la tuya.
—ya lo harán las circunstancias por ti—
Pero al menos siempre te quedará el consuelo de ser quien manda hasta la temida fecha… Y es que en tus manos está dejar atrás una existencia u otra:
Plena o ridícula.
Porque es posible que al final no aparezcas en ningún titular, pero seguro que dejas algún recuerdo.
Piénsalo la próxima vez que te metas en la ducha…